Un texto de Albert Camus que me hizo recordar muchas conversaciones con mi amigo Jesús, siempre extranjero. En estos días sus palabras —las de Camus—, perecederas —como las nuestras—, son sin embargo de una vigencia reseñable:
"«No —dice el conquistador—, no creáis que por amar la acción hube de desaprender a pensar. Puedo perfectamente, por el contrario, definir lo que creo. Porque lo creo con fuerza y lo veo con una visión segura y clara.» Desconfiad de quienes dicen: «Conozco eso demasiado bien para poder expresarlo.» Pues, si no pueden, es porque no lo conocen o porque, por pereza, no han pasado de la cáscara.
Yo no tengo muchas opiniones. Al final de una vida, el hombre se da cuenta de que ha pasado años garantizándose una sola verdad. Aunque una sola, si es evidente, basta para regir una existencia. Por mi parte, tengo decididamente algo que decir sobre el individuo. Se debe hablar de él con rudeza y, si es preciso, con el conveniente desprecio.
Un hombre lo es más por las cosas que calla que por las que dice. Hay mucho que voy a callar. Pero creo firmemente que cuantos han juzgado al individuo lo han hecho con mucha menos experiencia en la que fundar su juicio que nosotros. La inteligencia, la emocionante inteligencia presintió quizás lo que había que comprobar. Pero nuestra época, sus ruinas y su sangre nos colman de evidencias. A los pueblos antiguos, e incluso a los más recientes hasta nuestra era maquinal, les era posible comparar las virtudes de la sociedad y del individuo, averiguar cuál de ellos debía servir al otro. Eso era posible, ante todo, en virtud de esa tenaz aberración del corazón humano según la cual los seres fueron traídos al mundo para servir o ser servidos. Eso era también posible porque ni la sociedad ni el individuo habían mostrado aún todas sus habilidades.
He visto a personas inteligentes maravillarse de las obras maestras de los pintores holandeses nacidos en medio de las sangrientas guerras de Flandes, conmoverse con las oraciones de los místicos silesios en el seno de la espantosa guerra de los Treinta Años. Los valores eternos sobrenadan, ante sus ojos asombrados, por encima de los tumultos seculares. Pero el tiempo ha corrido desde entonces. Los pintores de hoy carecen de esa serenidad. Aunque en el fondo tengan el corazón que necesita el creador, quiero decir un corazón árido, de nada les sirve, pues todo el mundo, y el santo mismo, está movilizado. Eso es, quizás, lo que he sentido más profundamente. Con cada forma abortada en las trincheras, con cada rasgo, metáfora o plegaria, reventado por el hierro, lo eterno pierde una partida. Consciente de que no puedo separarme de mi tiempo, he decidido formar cuerpo con él. Por eso hago tanto caso del enemigo, porque me parece irrisorio y humillado. Sabedor de que no hay causas victoriosas, me gustan las causas perdidas: éstas que exigen un alma entera, tanto en su derrota como en sus victorias pasajeras. Para quien se siente solidario del destino del mundo, el choque de las civilizaciones tiene hoy algo de angustioso. Yo he hecho mía esa angustia al mismo tiempo que he querido jugar con ella mi partida. Entre la historia y lo eterno, elegí la historia porque me gustan las certezas. De ella por lo menos estoy seguro, y ¿cómo negar esa fuerza que me aplasta?
Llega siempre un momento en el que hay que elegir entre contemplación y acción. Eso se llama hacerse hombre. Esos desgarramientos son espantosos. Pero para un corazón orgulloso no hay término medio. Están Dios o el tiempo, la cruz o la espada. Este mundo tiene un sentido más elevado que sobrepasa sus agitaciones, o nada es cierto salvo esas agitaciones. Hay que vivir con el tiempo y morir con él, o hurtarse a él para una vida más grande. Sé que se puede transigir y que es posible vivir en el siglo y creer en lo eterno. Eso se llama aceptar. Pero ese término me repugna, y no quiero todo o nada. Si elijo la acción, no creáis que la contemplación es para mí tierra desconocida. Mas no puede dármelo todo y, privado de lo eterno, quiero aliarme con el tiempo. No quiero que entren en mi cuenta la nostalgia ni la amargura, lo único que quiero es ver claro. Os lo digo, mañana os movilizarán. Para vosotros y para mí eso es una liberación. El individuo nada puede y no obstante lo puede todo. Con esta maravillosa disponibilidad, comprenderéis que yo lo ensalce y lo aplaste a la vez. El mundo lo tritura y yo lo libero. Yo le proporciono todos sus derechos.
Los conquistadores saben que la acción es en sí misma inútil. No hay más que una acción útil, la que volviera a crear el hombre y la tierra. Jamás volveré a crear a los hombres. Pero hay que hacer «como si». Pues en la senda de la lucha me encuentro con la carne. Aunque humillada, la carne es mi única certeza. Sólo puedo vivir de ella. La criatura es mi patria. Por eso elegí este esfuerzo absurdo y sin alcance. Por eso estoy del lado de la lucha. Nuestra época se presta a ello, como he dicho. Hasta ahora la grandeza de un conquistador era geográfica. Se medía por la extensión de los territorios vencidos. Por algo ha cambiado de sentido la palabra y ya no designa al general vencedor. La grandeza ha cambiado de campo. Está en la protesta y el sacrificio sin futuro. Aunque no por el gusto de la derrota. La victoria sería deseable. Pero sólo hay una victoria y es eterna. Nunca la conseguiré. Ahí es donde tropiezo y me atasco. Una revolución se cumple siempre contra los dioses, empezando por la de Prometeo, el primero de los conquistadores modernos. Es una reivindicación del hombre contra su destino: la reivindicación del pobre no es sino pretexto. Pero no puedo aprehender ese espíritu sino en su acto histórico y ahí es donde me uno a él. No creáis, sin embargo, que me complazco en ello: frente a la contradicción esencial, defiendo mi condición humana. Instalo mi lucidez en medio de lo que la niega. Ensalzo al hombre ante lo que lo aplasta y mi libertad, mi rebeldía y mi pasión se unen en esa misma tensión, esa clarividencia y esa repetición desmesurada.
Sí, el hombre es su propio fin. Y es su único fin. Si quiere ser algo, es en esta vida. Ahora lo sé de sobra. Los conquistadores hablan a veces de vencer y superar. Pero siempre quieren decir «superarse». Sabéis muy bien lo que eso significa. Todo hombre se ha sentido igual a un dios en ciertos momentos. Al menos eso dicen. Mas eso proviene de que, en un relámpago, ha sentido la asombrosa grandeza del espíritu humano. Los conquistadores son, solamente los hombres que se sienten con fuerzas suficientes para tener la seguridad de vivir constantemente en esas alturas y con plena conciencia de esa grandeza. Es una cuestión de aritmética, de más o de menos. Los conquistadores pueden con lo más. Pero no pueden más que el hombre mismo cuando así lo quiere. Por eso no abandonan nunca el crisol humano y se hunden en lo más ardiente del alma de las revoluciones.
Encuentran allí a la criatura mutilada, pero también encuentran los únicos valores que aman y admiran: el hombre y su silencio. Es a la vez su indigencia y su riqueza. Para ellos sólo hay un lujo, y es el de las relaciones humanas. ¿Cómo no comprender que, en este universo vulnerable, todo lo que es humano y no es sino eso adquiere un sentido más ardiente? Rostros tensos, fraternidad amenazada, amistad fuerte y púdica de los hombres entre sí, ésas son las verdaderas riquezas, puesto que son perecederas. En medio de ellas el espíritu percibe mejor sus poderes y sus límites. Es decir, su eficacia. Hay quien ha hablado de genio. Pero al genio, me apresuro a decirlo, prefiero la inteligencia. Hay que reconocer que ésta puede ser entonces magnífica. Ilumina este desierto y lo domina. Conoce sus servidumbres y las ilustra. Morirá la mismo tiempo que este cuerpo. Pero en saberlo está su libertad.
No lo ignoramos, todas las Iglesias están contra nosotros. Un corazón tan tenso se hurta a lo eterno y todas las Iglesias, divinas o políticas, aspiran a lo eterno. La felicidad y el valor, el salario o la justicia, son para ellas fines secundarios. Lo que aportan es una doctrina y hay que suscribirla. Pero yo nada tengo que ver con las ideas o con lo eterno. La mano puede tocar las verdades que son a mi medida. No puedo separarme de ellas. Por eso no podéis fundar nada sobre mí: nada del conquistador perdura, ni siquiera sus doctrinas.
Al final de todo esto, a pesar de todo, está la muerte. Lo sabemos. Sabemos también que con ella termina todo. Por eso son horribles esos cementerios que cubren Europa y que obsesionan a algunos de nosotros. Sólo se embellece lo que se ama y la muerte nos repugna y nos cansa. También a ella hay que conquistarla. El último de los Carrara, prisionero en Padua vaciada por la peste y sitiada por los venecianos, recorría gritando las salas de su palacio desierto: llamaba al diablo y le pedía la muerte. Era una manera de superarla. Y también es una muestra de valor propia de Occidente el haber vuelto tan espantosos los lugares donde la muerte se cree honrada. En el universo rebelde, la muerte ensalza a la injusticia. Es abuso supremo.
Otros, también sin transigir, han elegido lo eterno y denunciado la ilusión de este mundo. Sus cementerios sonríen entre una multitud de flores y pájaros. Eso conviene al conquistador y le da la imagen clara de lo que él ha rechazado. Ha elegido, por el contrario, la cerca de hierro o la fosa anónima. Los mejores hombres de lo eterno se sienten a veces presa de un espanto lleno de consideración y piedad frente a unos espíritus que pueden vivir con semejante imagen a su muerte. Mas sin embargo esos espíritus extraen de ello su fuerza y su justificación. Nuestro destino está delante de nosotros y lo desafiamos. Menos por orgullo que por conciencia de nuestra insignificante condición. También nosotros nos compadecemos a veces de nosotros mismos. Es la única compasión que nos parece aceptable, sentimiento que acaso no comprendáis en absoluto y que os parecerá poco viril. Sin embargo lo experimentan los más audaces de nosotros. Pero llamamos viriles a los lúcidos y no queremos una fuerza que se separe de la clarividencia.
[...]
Estas imágenes [...] simbolizan solamente un estilo de vida. El amante, el comediante o el aventurero representan lo absurdo. Pero, también, si lo quieren, el casto, el funcionario o el presidente de la república. Basta con saber y no encubrir nada. [...] He elegido a los más exagerados. En ese grado, lo absurdo les confiere un papel real. Es cierto que estos príncipes no tienen reino. Mas tienen la ventaja sobre otros de saber que todas las realezas son ilusorias. Saben, en eso estriba toda su grandeza, y es inútil hablar a propósito de ellos de infelicidad escondida o de las cenizas de la desilusión. Carecer de esperanza no equivale a desesperar. Las llamas de la tierra valen tanto como los perfumes celestes. Ni yo ni nade podemos juzgarlos aquí. No tratan de ser mejores, intentan ser consecuentes. Si la palabra «sabio» se aplica al hombre que vive de lo que tiene, sin especular sobre lo que no tiene, entonces ellos son sabios."
Albert Camus,
El mito de Sísifo (1942)
Edic. Biblioteca Camus Alianza Editorial (2009)
ISBN: 978-84-206-3697-9
De la traducción: Esther Benítez, 1999.