martes 22 de marzo de 2011

No es fácil golpearse el corazón contra el muro de un loco

Ven, déjame que te recuerde qué fue lo que pasó con el muro. Papá voló a través del océano y dejó sólo el recuerdo. El día más feliz de nuestras vidas fueron profesores que se reían de nuestras emociones. No necesitamos educación alguna. No necesitamos control de nuestras mentes: ningún oscuro sarcasmo en el aula. Sólo el muro cuando decías: Maestros, dejad en paz a los chicos. Tu madre no tenía tampoco ninguna respuesta si le preguntabas: ¿debería construir el muro?, ¿realmente tirarán la bomba? Y el cielo azul que nos daba algunas lecciones sobre las despedidas. Espacios vacíos donde solíamos hablar y que fuimos poblando de ladrillos. El rock and roll, una fría mujer que por fin te hizo sentir un hombre. Volar. Huir. Grietas en el hielo, bajo nuestros pies. Hasta que vimos lo que alguien dejó escrito allí: No penséis que necesito nada, porque después de todo, todo era un ladrillo más en el muro. Y otro más. Y otro más. Vacilabas con decir adiós, goodbye cruel world. No había nada en el mundo que pudiera hacerte cambiar de opinión.

Por entonces tampoco quedaba nadie allí fuera. Nadie en casa cuando llamabas a aquella chica y con tus sorprendentes poderes de observación te adelantabas al silencio metálico de una cinta en el contestador. Sentías las ansias de volver a volar, pero ya no tenías donde hacerlo. El muro era alto. Un golpe helado en vena más y acariciarías las estrellas. Así en la noche más pura bramabas en el desierto: ¿Alguien más aquí siente lo mismo que yo? ¿Hay alguien ahí? Atravesando océanos, mis labios se movían pero ya no podías oírme. Paralizado, me preguntabas: ¿ha de continuar el show?, ¿tengo que estar en pie con los ojos fuera de órbita a la luz del foco? Y me encargaba de transmitir las malas noticias: Pink no está bien, se queda en su habitación de hotel y nos envía como banda sustituta. Decidimos que sería mejor aprender a correr como el demonio. Guardar nuestros sucios sentimientos otra vez bien adentro. Y cada uno cayó a un lado del muro. Un día supe que quisiste regresar a casa, saber al fin si debías sentirte culpable por todo ese tiempo. Te imaginé loco, sobre el arco iris, y al juez gusano dictando su veredicto: amigo mío, has revelado tu más profundo miedo y te sentencio a ser expuesto ante tus semejantes. Echen el muro abajo.

Alejandro Díaz
Manual de uso cultural, nº9
Marzo, 2011