viernes 11 de febrero de 2011

Ahora que conozco Baltimore como la palma de mi mano

A Mr. González-Bravo

"Porque, de acuerdo, ha habido muchas series muy buenas e incluso excelentes. Pero el riesgo y la victoria de The Wire –definida por Richard Price, uno de sus guionistas de prestigio, como “esa novela rusa que pasan en la HBO”– pasan por haber modificado para siempre nuestra percepción del tiempo catódico. En The Wire –suceso de crítica y fracaso de audiencia que comienza a ser éxito a partir de su edición en DVD– la velocidad es otra, todo fluye de manera diferente. Hay episodios en los que no sucede nada o en los que la cámara se detiene, inmóvil, frente a una conversación que dura quince minutos. De ahí, la casi obligación de verla recién con las cinco cajitas a mano. Como una obra completa. Como, sí, una de esas largas novelas rusas cuya longitud se administra a voluntad."

Rodrigo Fresán,
Desde Barcelona y hacia Baltimore,
Página/ 12

*




"- ¿Cómo se llama tu chico?

- Moco.

- ¿Lo llamaban 'moco'?

- Sí, Mocoso.

- Mocoso...

- ¿Le gustaba el nombre?

- ¿Qué?

- Moco... ¿A este niño cuya madre se tomó el trabajo de bautizarlo como Omar Isaiah Betts? Sabes, él olvida su chaqueta, así que comienza a moquear y algún idiota en lugar de darle un pañuelo le llama 'mocoso'... Y será 'mocoso' para siempre... No es justo.

- Supongo que la vida es así.

- ¿Quién le disparó a Moco?

- No voy a ir a ningún tribunal... El maldito no tenía que dispararle.

- Definitivamente, no.

- Podría haberle pegado una paliza, como siempre lo hacemos.

- Estoy de acuerdo.

- Pero mata a Moco. Moco estuvo haciendo lo mismo, no sé por cuánto tiempo. Matar a un hombre por una tontería... Lo que digo es que todos los viernes por la noche en el callejón de la tienda, jugamos a los dados. Todos los muchachos del barrio jugamos hasta tarde.

- Juegos de dados en el callejón...

- Y, como siempre, Mocoso también jugaba. Jugaba hasta que el bote era grande y después cogía todo y salía corriendo.

- ¿Siempre?

- No lo podía evitar.

- Déjame a ver si lo entiendo: Todos los viernes por la noche ustedes jugaban a los dados, ¿no? ¿Y todos los viernes por la noche tu amigo Moco esperaba a que se acumulara el bote para cogerlo y escaparse? ¿Le dejabais hacer eso?

- Le atrapábamos y le pegábamos, pero nadie iba más lejos que eso.

- Tengo que preguntarte algo... Si cada vez Mocoso se llevaba el dinero y se escapaba... ¿Por qué lo dejaban jugar?

- ¿QUÉ?

- Si Mocoso siempre robaba el dinero... ¿por qué lo dejaban jugar?

- Teníamos que dejarlo. Estamos en Estados Unidos."

Comienzo de The Wire,
David Simon

martes 8 de febrero de 2011

Una recomendación doble (incluso triple)

Manual de uso cultural es uno de los proyectos más bonitos y mejor hechos que han caído en mis manos en los últimos siglos. Una revista cuyos contenidos están muy por encima de lo que se distribuye por ahí en el siempre versátil nombre de la cultura. Es gratis, se edita en Málaga. Sí, con un par. Los culpables de tamaña insensatez son Jesús Peña, Miguel Pradas y Sergio Sánchez. En el número anterior colaboré con una reseña muy escueta, casi una llamada de atención, sobre La vida breve, de Juan Carlos Onetti. Hace justo un año que leí esta obra del genial autor uruguayo a recomendación del siempre entrañable pinche Danner González, cuya bitácora, La venganza del minotauro, es también de visita casi obligada. Dentro de un mes aproximadamente, saldrá Carretera abierta al amanecer, mi primer libro de poemas, y La vida breve estará en alguna latitud del camino. Ayer terminé de leer Los detectives salvajes, esta vez no por recomendación sino por insistencia del propio Danner, y de redactar un artículo sobre The Wall, de los Pink Floyd, para el Manual de uso. Así pues hoy brindo con el oro de Oaxaca, que bien podría haberse llamado mezcal Los Suicidas, por el doctor Díaz Grey, por el condenado Pink y por nuestro cuate Belano, que allá se las apañe como pueda el muy pendejo después de arrancarme unas lágrimas anoche y en fin: que brindo por todas estas chingaderas de la ficción que me hacen esta vida breve, pero habitable. También por vosotros. Salud. 

Reseña de La vida breve

Santa María, un modesto pueblo de río. Espacio mítico, allá donde escapan de la vida cotidiana unos personajes que ya son ficción. Para cuestionar y cuestionarnos. Juan María Brausen, protagonista de La vida breve, no soporta el presente e intenta imaginarse a sí mismo como otro: comienza el baile. Objetivo: correr la cortina que media entre la realidad y la ficción. Una cortina que es a veces una pared donde apoyarnos a escuchar una voz vecina. Otras, las páginas de un libro, del ensueño. Es, también, la distancia entre Buenos Aires y Santa María. Entre Juan María Brausen y el doctor Díaz Grey. Entre lo cotidiano y lo onírico. Una ficción que no distinguimos cómo ni cuándo se inicia: “–Mundo loco –dijo una vez más la mujer, como remendando, como si lo tradujese.” Pero que ya ha comenzado.

Autor: Juan Carlos Onetti
Título: La vida breve
Editorial: Editorial Edhasa
ISBN: 8435016854

domingo 6 de febrero de 2011

Fragmentos de un diario de lecturas: La astucia del vacío

"Llevo varios minutos sin poder cruzar una calle de menos de diez metros de ancho. El tráfico hoy es más que denso: es agresivo, histérico; no siento que cada cual esté buscando su espacio sino que todos quieren evitar que el de al lado lo encuentre. Una impresión injusta, lo sé, dictada por mi aburrimiento y mi enfado, ya que lo único que ocurre es que las leyes de la circulación aquí vigentes se han acelerado, como pasa siempre en las horas punta en todos los lugares del mundo. Doy un paso adelante y un coche, una moto, un rickshaw, una bicicleta se lanza contra mí y vuelvo a retroceder. Así diez, quince minutos. Ensordecido, transpirando, mareado, sintiéndome imbécil. Una vez estuve, recuerdo derrotado, en este mismo lugar detenido más de media hora. Pero entonces llega una niña descalza que me llega a la rodilla y que tiene apoyada sobre su cadera a un hermanito de meses, extiende autoritaria su manita de pocos centímetros y logra que un tractor con remolque frene en seco y con él el resto de los vehículos. Con pasitos cortos alcanza el otro lado, y yo, como en suspenso, flotando, sin sentir mis pies, la sigo. Sus cinco dedos abiertos entre el polvo y el ruido imponiéndole al devenir una pausa, un desvío, otro centro (los centros siempre son pequeños como una niña), esa discontinuidad gracias a la cual uno puede proseguir su propio camino y en ocasiones incluso encontrarlo— en medio de tantos señuelos falsos y de tantos secuestradores de huellas. Qué buena guía hubiera sido esa niña para mis paraísos y mis purgatorios; qué Beatrice, qué Virgilio, qué Ariadna, qué Orfeo. Me ayudó a cruzar una calle y desapareció, pero sé que hubiera podido conducirme por mis eternidades y protegerme de ellas."

Jesús Aguado
La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés. 1987-2004
DVD Ediciones. Narrativa
Barcelona, 2010
ISBN: 978-84-92975-05-1