-Ayayayay, espera un momento -dijo Killian-. Las cosas no están tan mal, todavía.
-Sí lo están -dijo Sherman-. Pero te juro que ahora ya no me afecta gran cosa que estén así. Mira, seguramente sabes que no cuesta mucho tomar a un perro hogareño y entrenarlo hasta acabar convirtiéndole en un perro vigilante, de esos que tienen tan mala uva...
-Bueno, he oído decir que a veces ocurre...
-Yo lo he visto con mis propios ojos -dijo Quigley-. Cuando estaba en la policía.
-Bien, pues la técnica no puede ser más sencilla -dijo Sherman-. Para conseguir ese cambio en la personalidad del perro lo que se hace no es precisamente mimarlo y darle mucha comida. Lo que suele hacerse es tenerle encadenado, pegarle, engañarle y volver a pegarle una y otra vez, hasta que un día, a la más mínima amenaza, enseña los colmillos y está dispuesto a pelear hasta la muerte.
-Exacto -dijo Quigley.
-Pues bien. Metidos en una situación así, los perros reaccionan de forma más inteligente que los seres humanos -dijo Sherman-. Los perros no se aferran a la idea de que son un maravilloso animal doméstico al que le van a dar un premio en un concurso, que es lo que suele pensar el hombre, incluso en las peores condiciones. Los perros comprenden en seguida que las cosas han cambiado. Los perros comprenden en seguida que ha llegado la hora de actuar como un animal, la hora de pelear.
Tom Wolfe
La hoguera de las vanidades, (1987)
Compactos Anagrama
Traducción de Enrique Murillo
2 comentarios:
Pura verdad, lo que pasa es que la vida es muy perra...
¿Y cuándo no es la hora de pelear?
Publicar un comentario en la entrada