miércoles 24 de noviembre de 2010

Fragmentos de un diario de lecturas: Las palmeras salvajes, Townes Van Zandt y Nacho Vegas


"Es porque en realidad no pongo bastante empeño, porque en realidad no me he penetrado de la necesidad de luchar, porque he aceptado enteramente sus ideas sobre el amor; miro al amor con la misma fe ilimitada de que va a vestirme y a alimentarme, con que mira la religión el paisano recién convertido de Misisipí o Luisiana, convertido la semana pasada por los gritos de un predicador, sabiendo que no era ésa la razón; que eran los veinte meses de internado en vez de veinticuatro, pensando: Me derrota la muchedumbre pensando que resulta más decoroso morir en el olor de mediocridad que ser salvado por un apóstata de las convenciones."

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"Sí. Una buena porción de valor es un descreimiento sincero en la suerte. Me había atado de pies y manos en una tirita de cinta entintada, diariamente me veía más y más enredado en ella como una mosca en una tela de araña; todas las mañanas, para que mi esposa pudiera llegar a tiempo a su empleo, yo lavaba la cafetera y la pileta y dos veces por semana (por la misma razón) compraba a la misma carnicería las verduras necesarias y las costillas que cocinaríamos los dos el domingo; un poco más y nos hubiéramos vestido y desvestido en nuestros kimonos delante uno de otro y hubiéramos apagado la luz antes de hacer el amor. Así es. No son las circunstancias las que eligen nuestras vocaciones, es la decencia la que nos convierte en quiromantes y dependientes y pegadores de carteles y motoristas y escritores de novelones."

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"Pero eso no puede ser todo, pensó. No puede. El gasto. No de carne, siempre hay bastante carne. Eso lo descubrieron hace veinte años manteniendo naciones y justificando lemas... si es que las naciones que la carne mantuvo merecen ser materias sin la carne. Pero la memoria. Sin duda la memoria existe independiente de la carne. Pero eso era equivocado también. Porque no sabría qué es memoria, pensó. No sabría qué recordar. Tiene que ser la vieja carne, la vieja frágil carne arrancable para que la memoria le haga cosquillas."

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"Pero después de todo la memoria podía vivir en las viejas entrañas jadeantes: y ahora la tenía a mano, irrefutable y clara, y serena, mientras la palmera golpeaba y murmuraba, seca y salvaje, y débil, y en la noche, pero él podía afrontar la memoria, pensando: No es que pueda vivir. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejará de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena."

William Faulkner,
Las palmeras salvajes,
Traducción de Jorge Luis Borges
Ediciones Siruela
ISBN 978-84-9841-039-6

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Townes Van Zandt,
Waitin´ around to die

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Nacho Vegas
La pena o la nada