miércoles 30 de diciembre de 2009

Cuaderno inhumano, primeros textos (II)

XIX (Happy end)

Comenzaré por recordarte la anatomía de una pesadilla:

las palizas que invocamos hasta caer malheridos en cunetas sin alma.
Las amenazas de muerte al amanecer, antes de acostarnos, antes de violar [ángeles caídos.

Sobre la cama:
aquellas sábanas manchadas de sangre.

Afilados cuchillos merodeaban mi yugular.


Comenzaré por recordarte la arquitectura del absurdo:
uno dando y otro recibiendo -a ti te parecía circular,
porque en corrientes circulares los ángeles iban cayendo sobre cunetas.
Desde allí partía mi alma a violar tus amenazas de muerte, antes de no [dormirnos.

Sobre la cama:
aquellas sábanas manchadas de ti.

Afilados cuchillos hacían añicos mi yugular.


Comenzaré por las cunetas y en corrientes circulares, violaré ángeles que [parten malheridos hacia mi alma,
cuando es tarde y muerdes la cal.

Sobre mi cama:
aquellas sábanas donde claudicó nuestra sangre.


Pero en madrugadas punzantes como esta aprenderé a coserme la yugular.


Prometo que será un final perfecto.



(poema XIX de Cuaderno inhumano)


Alejandro Díaz

martes 29 de diciembre de 2009

Cuaderno inhumano, primeros textos

En los próximos días iré publicando algunos de los poemas de Cuaderno inhumano. He aquí el primer intento.

XIV

No fue el miedo, Muerte: me leíste los labios. Quise hundirme en los tuyos.
"El amor es un sistema de dominación", me advertiste.
Yo respondí: "Sólo domino el caos".
Barruntando azares, carmín espeso, mis manos trabajaron en recovecos de [humedad.
No fue el miedo, Muerte: sólo quise proyectarme en una herida profunda.
Porque ya infectados, el sudor nos haría sucumbir. "Hasta dónde, hasta [dónde, dime: hasta dónde?", pregunté.
En la oscuridad extrema: "Hasta el final", gritaste.

Salí disparado.

Siglos de dominación después. El caos. Gran Vía y nos sobró la ciudad. No [fue el miedo. Lo juro:


-
El resultado fue, ya sabéis...

Supe que al fin había llegado nuestra hora.


(poema XIV, de Cuaderno inhumano)

Alejandro Díaz

domingo 27 de diciembre de 2009

Memoria de Cuaderno inhumano

si no creyera en lo que agencio,
si no creyera en mi camino,
si no creyera en mi sonido,
si no creyera en mi silencio.

Silvio Rodríguez

Cuaderno inhumano consta de veinte poemas y parte de unos versos de Allen Ginsberg. Hablan de la vida salvaje, de la suciedad de la civilización, de la falta de pureza. Así son los textos de este icosaédrico Cuaderno inhumano. La poesía: una mirada. Pesimista, endémica, inhumana. Cruda. Salvaje. Como los últimos años: de ellos brotaron algunos de los fragmentos que conforman el poemario. También imágenes, anotaciones. Estampas de aquellos viajes –Túnez, Singapur, Indonesia, Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Aruba. Días oscuros, noches interminables, peleando a la contra, buscando rehacer una y otra vez la vida. Así fueron mis días, pero sobre todo, así fueron los días del Hombre Concluso, quien narra. Quien versa. Quien ya nunca seré yo. Quien cada día tiene más vida propia, voz propia.

Está bien así, porque él es capaz de lo que mi Yo no se atreve. Explora los límites de la poesía, el radicalismo: la ruptura. A veces mi Yo pasa a ser un narrador omnisciente. Un versador omnisciente, si existe acaso algo así. La poesía en tercera persona, para ser capaz. Por pudor. Para que el Lector no confunda la vida canónica de un joven periodista en paro con la del viajero infatigable. La vida conventual con la del nómada. Porque se trata de ser honesto. Y yo jamás seré Allen Ginsberg, ni me sumaré a ningún manifiesto, ni predicaré con el ejemplo de los de conducta ejemplar, ni sabré si un día fui poeta. Pero quiero ser honesto. Quiero hacer literatura dejándome la piel, que no la vida. Quiero encontrar un punto de conexión entre la tradición y la ruptura sin que me llamen pretencioso. Sin que me llamen moderado, porque quiero estar allí: al límite. Y también aquí: pies en el suelo, mundo real.

Mi proyecto es este: ni novísimo ni antiquísimo. Ni Experiencia ni Diferencia. Simbolismo e hiperrealismo. Buscar en cada momento toda la escala de grises. Y saber qué hay más allá del negro. Y reconocerme en el reverso del blanco. Porque la poesía, hoy, es una amalgama de militantes ortodoxos incapaces de reconocer el verdadero valor de la palabra: el de la universalidad. La literatura no puede ser una guerra abierta entre corrientes irreconciliables. Yo soy militante, sí: militante de la literatura. Y este Cuaderno inhumano, también. Basta de prejuicios. Este año murió Mario Benedetti y he tenido que escuchar cómo se deleznaba su figura entre los poetas más jóvenes. Me pregunto si existe acaso algo peor que el prejuicio para alguien que tiene la pretensión, la única pretensión de crear.

He compartido aulas, barras de bar y kilómetros con muchos compañeros de la escuela, de la universidad, que jamás hubiesen sabido qué es la poesía, así los mataran. Pero Benedetti existió, fue real, como lo fue el Neruda de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el de Los versos del Capitán. A estos poetas, que también son míos, les debo que gente, gente como yo, nos hayamos interesado por algo tan importante –pero insignificante- como la poesía. Quiero decir: como la vida. Como el Mundo. Como el Amor. Como la existencia. Y –ojo- nos han hecho llorar. Nos han hecho daño, porque nos han hecho pensar. Malditos estos poetas que no son malditos: nos han hecho dudar.

Poetas imprescindibles como Ángel González. Poetas que no están ya en los salones donde los nuevos literatos en potencia –¿o seremos impotentes?- llevamos ropas ceñidas, creyendo que inventamos algo, sin que nadie nos haya contado que los sesenta existieron y supusieron una liberación mental que, a día de hoy, ni un orgasmo universal y prolongado conseguiría. Gente pretérita, vigente, actual y a veces barbuda, como Whitman, ¿abuelo?, ¿padre? de una poesía norteamericana heterodoxa, utópica, cazada, realista ¿sucia? Impura. Brillante.

Vorágine de siglo XX. En América del Sur se hicieron cosas tremendas ¿Vuelvo a Benedetti? ¿Por qué no? Es decir, tremendos golpes de estados y bloqueos auspiciados por las potencias democráticas. Derechistas. Fascistas. Faltaba oxígeno, como en tantos lugares otras tantas veces. Pero –creo- sobró, como siempre que escasea el aire, imaginación. Benedetti sopló y su Viento del Exilio llegó a mi biblioteca –mejor dicho: a la de mis padres, los mismos que en 1981 comprarían aquel ejemplar impreso en México por la Editorial Nueva Imagen. Un poemario dedicado a la memoria –anillo al dedo-, a la estirpe martiana, a la vida revolucionaria de Haydeé Santamaría.

Versos que un quinceañero ensimismado –ese era yo y no ningún hombre, aun menos concluso- los tomó veinte años (que dicen que es nada) después. Así descubro la poesía y así la poesía rescata del ensimismamiento, del catolicismo de la mala educación concertada y del bienestar patriarcal –aquella generación que luchó por la legalización del Partido Comunista, la instauración de la democracia, la autonomía de las comunidades y no sé cuántas causas (cosas) más, también nos dejó contradicciones- a un adolescente, quinceañero ensimismado que –repito- era yo. ¡No ningún hombre! Un quinceañero que va a conmoverse por primera vez con la poesía. Que está dispuesto a que la herida supure. Y el corte, profundo, cada vez más, siga, siga, siga (¿prosiga?) hasta el mismo centro. Hasta hoy. Aquí. En Córdoba, en la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores.

Y así, así podría ir mucho más lejos de la Generación del 27. Lo único que conocieron –que conocimos- los que vivimos esa utopía, esa estafa mal financiada llamada LOGSE. Y podría llegar –ya por mi cuenta- hasta Luis García Montero, Javier Egea, Álvaro Salvador, Jiménez Millán, Justo Navarro. Podría llegar, incluso, a cometer la torpeza de romper con todo e irme a vivir a Granada creyendo que en esa ciudad mágica aún quedaban ilusionistas, incluso ilusiones. Y podría llegar a darse el caso de que tenga que escuchar que aquellos referentes, autores que firmaron versos como: “Hay que salir de aquí / hacia otra tierra / para volver un día con el agua en la frente, / con el fuego en las manos, / con el grito en las alas.” forman parte de una generación que agrupó a los actuales ‘dictadores de la poesía’, ‘los que mandan hoy en el mercado de la poesía -¡el mercado de la poesía!-’, y no sé cuántas barbaridades. Juicios morales de juzgado de guardia.

Seguiré. Podría llegar a hoy y decir que toda la poesía que se hace es una basura, lo que en estos tiempos me dotaría de una integridad intelectual que ni Noam Chomsky. Podría ser más posmoderno que la posmodernidad y tirar por tierra a Benedetti en un cóctel de salón hasta que mi ego quebrara la ropa ceñida. También podría negar lo que está por hacer, escupir sobre todo lo que se pretende (o prende o aprehende) con mayor o menor pretensión. Sin embargo, todas estas ortodoxias, más propias de la dictadura de la ignorancia que del democrático respeto que se le presupone a quien trabaja con algo tan permeable como la palabra, no son más que una auténtica, grosera e insustancial falta de respeto.

Porque ni tiene ni debe gustarnos todo. Ni nada. Ni la justa mitad. Pero busco con mi proyecto, con este Cuaderno inhumano y con lo que está por venir -¿será porvenir?- unir. Y quiero resaltar dos palabras: una ya está dicha –escrita-: Honestidad. La otra, también: Respeto. El respeto profundo, potente, indiscutible, que merece toda persona que dedica su vida, o un pedacito de ella, a la creación.

Hay que comprender que lo incomprensible no es una estrategia del emisor –sospechoso habitual en este caso- para hacer valer una estafa. Lo incompresible es aquello que yo no alcanzo a comprender. Perogrullada, sí, pero una perogrullada a tiempo nos puede salvar de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Es más: puede despertar nuestro interés. Nuestra inquietud: un arma cargada de futuro, aquello que nos hará seguir buscando. Encontrando.

Asimismo, tampoco debemos militar contra el pasado, como si años de aprendizaje, lucha, sacrificio, totalitarismos, guerras, infamias, alegrías, esperanzas no hubiesen servido de nada. Es que es eso: la poesía, la pintura, la música, el arte, la creación, aquello para lo que vinimos todos y cada uno de mis compañeros a esta Fundación, debe valernos como un arma dirigida contra el integrismo. Contra la intransigencia.

El Viento del Exilio sigue golpeando fuerte mi rostro. Cuaderno inhumano es una mirada desencantada. Ácida. Pero no triste. Puede parecerlo, pero que nadie se engañe: no lo es. No lo es porque para mí aún quedan referentes (Ginsberg, Benedetti). Porque queda por hacer: David Leo, Antonio Santo, Ángela Álvarez, Juan Manuel Gil. Compañeros que han pasado por aquí y cuyos versos tuve el placer de recitar para la Asociación Nueva Poesía de Córdoba: gente humilde, de barrio, que se reúne cada lunes en nombre de ningún dios, de ningún ídolo: en nombre de la palabra. Y son capaces de todo aquello que parece imposible en los arrabales del arte y la creación: respetarse. Aplaudirse. Callarse. Sentarse a escuchar lo que cada uno, poetas anónimos, tiene que cantar.

Y siguen su canción, que es mi esperanza, mientras yo, como gotas de un aguacero que se precipita, imparable, hacia el océano, me voy hundiendo en mí mismo para nombrar también lo que hay fuera. Para sangrar. Para decir que no todo está perdido, que hay que defender la alegría como una trinchera. Para lo que vine aquí: a hacer literatura. Y eso es lo que he tratado de hacer, escéptico siempre, estos tres meses. He aquí mi memoria, desmemoriada: casi un olvido.

Alejandro Díaz,
diciembre, 2009
Córdoba